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Sobrevivir a los mercados

Las probabilidades están a favor de quien juega a la ruleta rusa. Una bala en el tambor de un revolver de 6 municiones arroja un 83 por ciento de chances de salir ileso.

Imaginemos que a ese alguien le ofrecen un millón de dólares por jalar una vez el gatillo. Nadie podría negar que se trata de un negocio rentable. El problema es que está asumiendo un riesgo que puede aniquilarlo.

Lo mismo ocurre con la conducción a alta velocidad. Pisar más el acelerador para llegar unos minutos antes a destino incrementa notablemente el riesgo de sufrir un accidente. En un instante puede acabar la vida del conductor y provocar daños a terceros. Nuevamente las probabilidades están a su favor. Llegará rápidamente e ileso si conduce con pericia, pero el riesgo implica fatalidad.

Así funcionan los negocios de los seguros. Como asegurados pagamos una pequeña (o no tanto) suma fija para que nos cubran un monto elevado en caso de que, por ejemplo, se incendie nuestra casa o se destruya nuestro automóvil. La compañía de seguros es la que juega a la ruleta rusa con nosotros. Su negocio consiste en contar con un número elevado de clientes que paguen sus pólizas para solventar la totalidad de los siniestros estimados, según sus probabilidades de ocurrencia.

Como consumidores elegimos pagar estos seguros para sobrevivir financieramente a un poco probable pero posible sinestro. Como inversores deberíamos actuar de la misma manera.

Resistencia a la ruina

Para tener éxito, primero debemos sobrevivir. No merece la pena jugar a la ruleta rusa ni conducir a altas velocidades con las inversiones. Es preferible alejarnos de aquellos activos que puedan arruinarnos.

Nassim Taleb sugiere que seamos arriesgados, pero completamente reacios a la ruina. Podemos tomar decisiones de inversión aparentemente riesgosas, pero que en caso de fracaso no impliquen la pérdida permanente de todo nuestro capital.

Ejemplo de ello es destinar una pequeña porción de la cartera a activos que tienen probabilidades de pasar a valer cero o multiplicar varias veces su valor. Las potenciales pérdidas provocan un pequeño daño mientras que las ganancias pueden aportar unos puntos extras de rentabilidad.

Los inversores que se aferran a las probabilidades asumen que estadísticamente la ruleta rusa debería funcionar. Y tienen razón. Pero la desventaja en estos casos es inaceptable. El riesgo no compensa ninguna rentabilidad potencial.

Quién participa de este tipo de juegos en reiteradas oportunidades, aunque tenga un 95 por ciento de probabilidades a su favor, tarde o temprano recibirá una bala que destruirá completamente sus finanzas.

Errores afortunados y aciertos desafortunados

En los mercados de renta variable frecuentemente encontramos inversores que exhiben enormes rentabilidades recientes. Estas actúan como cantos de sirena para el resto de la comunidad.

Debemos discernir cuando las ganancias proceden de apuestas excesivamente arriesgadas y cuando obedecen a decisiones acertadas con riesgos medidos. El resultado no nos dice nada sobre la calidad de las decisiones.

Un desacierto a veces acaba bien. Y una decisión acertada ocasionalmente puede derivar en desenlaces negativos. Esto sucede cuando asumimos un riesgo de baja probabilidad de ocurrencia que finalmente se materializa y nos daña.

Por eso, ante la incertidumbre en la toma de decisiones financieras, es preferible centrarnos en las posibles consecuencias, más que en sus probabilidades de ocurrencia. Las consecuencias las podemos prever, pero las probabilidades no.

Según William Bernstein, cuando tomamos decisiones en condiciones de incertidumbre las consecuencias deben dominar a las probabilidades, ya que nunca sabemos lo que va a pasar en el futuro.

No se trata de predecir lo que sucederá y maximizar los retornos si acertamos. La idea es estar expuestos a una gama de resultados razonables que nos favorezcan.

Los mejores inversores saben que el futuro es impredecible y reconocen aquello que no saben porque está fuera de su alcance.

Decisiones rápidas, decisiones correctas

El cerebro humano ha evolucionado para ayudarnos a decidir rápidamente, pese a contar con insuficiente información disponible. Diariamente necesitamos tomar las decisiones más adecuadas para protegernos ante amenazas y aprovechar las oportunidades que se nos presenten.

Estamos mentalmente preparados para identificar en forma ágil las señales de peligro y así reaccionar ante ellas. Instintivamente nos apresuramos a prejuzgar a las personas que se nos acercan para anticiparnos a sus intenciones.

Sin embargo, en las inversiones las decisiones rápidas o reactivas son peligrosas. Al juzgar apresuradamente y con pocas certezas nos exponemos al error.

Los tropezones financieros más graves suelen producirse cuando intentamos hacer que las cosas sucedan más rápido de lo necesario.

Por eso, es esencial profundizar con detenimiento en las características, beneficios y riesgos de un activo antes de lanzarnos a su adquisición. El análisis debe realizarse a fondo. Debemos entenderlo bien antes de tomar la decisión con absoluta frialdad.

Círculo de competencia

En la industria financiera se conoce como círculo de competencia al ámbito con el que un inversor está familiarizado e interesado, y que es capaz de comprender en profundidad.

Una recomendación generalizada para todos los inversores es que se limiten a ese espacio para realizar sus operaciones. Deben ignorar todo activo, sector o empresa que no conozcan lo suficiente o que les resulte demasiado complejo.

Si hay un mensaje que todo inversor debería tener tatuado en la frente para recordarlo cada mañana al mirarse al espejo es el siguiente: únicamente comprar aquello que comprenda bien. Esa es la premisa básica y fundamental de toda inversión.

La compra de un activo desconocido o incomprendido conlleva la asunción de enormes e inútiles riesgos. Esta es una de las maneras más seguras de perder dinero.

El mismo énfasis que ponemos al analizar la compra de una vivienda o de un automóvil es el que debemos utilizar para elegir los activos en lo que invertimos. Se trata de puro sentido común.

“Reducir el riesgo no se trata de agregar suposiciones y complicar el modelo de inversión, sino de simplificar invirtiendo en lo que mejor se conoce”

(Francisco García Paramés)

Afinidad y comodidad

La competencia no debe confundirse con afinidad. La priorización de las inversiones en valores propios, como el país de residencia, empresas que nos resultan familiares o entidades que sepamos pronunciar correctamente, reduce nuestra visibilidad, nos autolimita y nos expone a elevados riesgos geográficos o sectoriales.

En ese sentido, a veces el círculo de competencia puede convertirse en un círculo de comodidad. El confort es un importante limitador a la hora de ampliar nuestras posibilidades. Para impedirlo, el inversor tiene que ser curioso. Debe intentar expandir sus conocimientos, comprender nuevos activos y estudiar negocios que estén a su alcance.

Se precisa dedicación para que el círculo de competencia sea cada día más grande. De esta forma, el inversor accederá a un mercado más amplio. La pesca puede brindar mayores recompensas en mar abierto que en un estanque.

En resumen, para sobrevivir a los mercados (y maximizar los retornos) es necesario comprender en qué se invierte, autolimitarse al círculo de competencia (y ampliarlo) y focalizarse en las posibles consecuencias de las decisiones. De esta manera, se mitigará una significativa parte de los riesgos vinculados con la incertidumbre.


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