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Invertir defensivamente

Mi padre nunca chocó su automóvil. Circuló a diario durante 4 décadas por las calles porteñas sin incidentes. Recuerdo que manejaba con cautela. Frenaba tan suavemente que no notaba el preciso instante en que el coche dejaba de moverse. Antes de abandonar el volante y este mundo prematuramente, quiso asegurarse de que su hijo adolescente también se convierte en un buen conductor.

Me dejó muchas enseñanzas. Igual que en las finanzas, lo más valioso es lo intangible. Un par de décadas después trato de recordar sus consejos sobre la conducción y sobre la vida, además de su voz.

Me incluyo dentro del 95% de los conductores que ingenuamente cree que maneja mejor que la media. Pero sé muy bien que no soy tan bueno como él. Muy pronto me di cuenta que no iba a igualar su record. Los siniestros se sucedieron uno tras otro. Algunos fueron suaves y otros no tanto:

Vacaciones finalizadas abruptamente en la Patagonia profunda, Argentina (Marzo-2011), milagrosamente sin víctimas que lamentar ni heridas

En poco tiempo, ya no me alcanzaba una mano para contar los incidentes viales en los que había participado. Saco excusas de la galera: la culpa es del otro, las condiciones climáticas son pésimas, las calles de Buenos Aires son una jungla o la ruta está mal señalizada. Lo cierto es que no soy una víctima de las circunstancias. Uno siempre tiene parte de la responsabilidad (no se lo cuenten a los señores de la aseguradora, por favor).

Conducir defensivamente

Una de las lecciones paternas que jamás olvido, aunque evidentemente me cuesta llevarla a la práctica, es la conducción a la defensiva. Su significado es muy amplio y es también aplicable a otros aspectos de la vida, incluso a la inversión.

Conducir defensivamente es una actitud. Es una manera de andar. Y de ser. Significa moverse con precaución: no adelantar a un camión en una curva, respetar los semáforos y las señales, circular despacio, frenar suavemente, etc. Pero implica atender no solo a las acciones propias, sino también a lo que sucede alrededor, a lo que hacen los demás, al entorno. Se trata de actuar preventivamente, anticiparnos a lo que está por suceder para tomar precauciones. Requiere mirar a los costados y por el espejo retrovisor. La idea principal radica en mantenerse alerta ante las maniobras ajenas y a los riesgos que corremos para evitar el daño que puedan causarnos.

No alcanza con avanzar cuando tenemos luz verde. También hay que visualizar a quién está por cruzar en rojo. Las amenazas están en el contexto. La conducción defensiva consiste en protegernos ante ellas, quizás con un poco de paranoia. Es estar un paso adelante para verlas venir y eludirlas.

De esta manera mi padre evitaba los accidentes. Con esa actitud seguramente nunca iba a ganar una carrera, pero podíamos estar seguros de que siempre iba a llegar a destino.

Actuar defensivamente es jugar a no perder. De la misma manera que juega el tenista más débil que solo intenta pasar la pelota del otro lado de la red. Nada de tiros ganadores, sino reducir al mínimo los errores no forzados.

Acciones ganadoras y acciones no perdedoras

Las celebradas reglas de Warren Buffett sobre evitar las pérdidas de dinero siguen la misma línea de pensamiento que la conducción defensiva.

Invertir defensivamente no consiste en intentar acertar quién será el caballo ganador de la carrera, sino en elegir aquel que tenga más probabilidades de llegar a la meta. Dicho de otra manera, se trata de evitar a aquellos que tengan altas probabilidades de quedarse atascados en el camino.

Los inversores anhelamos encontrar la próxima Amazon, la nueva Netflix o el Facebook del mañana. Nos sentimos atraídos por los gráficos que muestran los crecimientos exponenciales de sus cotizaciones durante las últimas décadas. Nos relamemos cuando leemos que mil dólares invertidos en una empresa ahora serían un millón (como el músico Kenny G, accionista de Starbucks desde 1988). Nos acecha el FOMO (Fear Of Missing Out o miedo a perderse las cosas) cuando vemos como sube el Bitcoin o las acciones del momento.

Los medios, las redes, el exitoso gestor de turno y nuestro sesgo de supervivencia ponen en foco a las historias de éxito. Pero detrás de cada una de estas, existen miles historias de fracasos olvidados. A veces el caprichoso azar es lo único que distingue a unas de las otras.

Resulta extremadamente difícil acertar cual será la acción ganadora de la próxima década. Más difícil aún es conservarla durante tanto tiempo después de una gran revalorización.

Por lógica estadística, al intentar tiros ganadores se multiplican las chances de fracasar con la mayoría de ellos. Es decir, se maximizan las probabilidades de perder dinero.

Pegar el pelotazo es tentador. Menos atractivo resulta invertir en negocios aburridos: industrias establecidas y poco atractivas para la competencia, picos y palas que nunca serán ten-baggers (compañías que multiplican por 10 su precio). Difícilmente serán parte de una burbuja especulativa, aunque nunca se sabe.

Mil y una maneras de perder dinero en bolsa

El único modo de vivir más es evitando la muerte. De igual manera, para sobrevivir a los mercados y lograr retornos sostenidos a largo plazo debemos evitar las pérdidas. Y para ello es necesario minimizar los riesgos a los cuales nos exponemos.

Los daños pueden materializarse de distintas maneras. A continuación, comentamos algunas de las más frecuentes.

1. Activos que no comprendemos en su totalidad:

Una regla universal de la inversión es mantenernos dentro de nuestro círculo de competencia, aunque es importante intentar ampliarlo.

2. Empresas excesivamente endeudadas:

Únicamente las obligaciones incumplidas pueden conducir a la quiebra.

3. Compañías sobrevaloradas:

Aunque se trate de negocios extraordinarios, un precio a pagar excesivo a menudo desemboca en rentabilidades negativas.

4. Guiarse por las emociones:

Actuar irracionalmente nos lleva a comprar el activo de moda o vender en un momento de pánico bursátil, entre otros errores habituales.

5. Trampas de valor:

Abundan las compañías ópticamente infravaloradas cuyos beneficios tienden a la decadencia.

6. Empresas con ventajas competitivas decrecientes:

La competencia, las directivas incapaces y la disrupción tecnológica erosionan imperios, sino veamos Kodak, Blackberry o Blockbuster. La lista es demasiado larga. Invertir intentando evitar a los perdedores de mañana es una estrategia más efectiva que buscar a los posibles ganadores.

«Compramos Yahoo hace 15 años en lugar de Google, porque Yahoo tenía una mayor participación de mercado, tenían un foso más grande y era mucho más barato que Google. Estábamos comprando Dell en lugar de Apple, estábamos comprando eBay en lugar de Amazon porque todos tenían fosos más anchos y todos se vendían a bajo precio, pero estábamos absolutamente equivocados. Lo que hemos aprendido desde hace 15 años, como dije, es la importancia de la dirección de la ventaja competitiva versus su tamaño» (Paul Black, Portfolio Manager de WCM Investment Management)

7. Industrias demasiado competidas, en especial cuando no se cuenta con claros y duraderos fosos defensivos:

Los márgenes se erosionan rápidamente, la rentabilidad se esfuma y el valor cae vertiginosamente. La tecnología suele acoger a las grandes estrellas del mercado de valores, pero también a una enorme lista de fracasos. Es el sector que mayor cantidad de compañías aporta a la lista de acciones de mejor rendimiento de los últimos 70 años, pero también es el que más aporta a la lista de peores rendimientos. También son considerablemente competidas aquellas industrias que dependen de un bien tan escaso como la atención humana.

8. Industrias y empresas demasiado sensibles al entorno:

El éxito empresarial a veces depende significativamente de decisiones gubernamentales, regulaciones, tasas de bancos centrales o decisiones políticas que no está bajo nuestro control ni de los directivos. También es buena idea protegerse de negocios demasiado expuestos a los procesos inflacionarios o recesivos, a los conflictos políticos y a las modas.

9. Mercados subdesarrollados y monedas inestables:

La mayoría de las empresas cuyo negocio principal opera en monedas blandas o en entornos frágiles y cambiantes sufren demasiados vaivenes y conviven con permanentes y elevados riesgos coyunturales.

10. Conservar empresas a pesar de su deterioro:

Aunque duela, debemos deshacernos de aquellos activos cuyas expectativas de recuperación sean escasas, en lugar de conservarlos mientras esperamos una potencial revalorización que nos haga recuperar las pérdidas acumuladas. Es muy difícil que eso suceda. Mientras tanto, estamos incurriendo en un coste de oportunidad por no invertir en otras compañías con mejores perspectivas.

11. Concentración excesiva en la cartera:

Está muy bien tener una elevada convicción, pero todos nos podemos equivocar. Incluso la tesis puede salir mal, aunque estemos en lo cierto. La diversificación es la única vacuna ante el riesgo.

12. Industrias demasiado complejas:

Salvo que seamos expertos en la materia, para el común de los mortales es aconsejable evitar ciertos sectores. Las empresas altamente cíclicas, el retail, la banca y las materias primas son algunos ejemplos de juegos con reglas diferentes que revisten mayores obstáculos.

Estilos

Nos emociona soñar con ganar una maratón, lograr un home run o hacer un gol como el de Maradona en el mundial de fútbol de México en 1986. De la misma manera, como inversores deseamos hallar un multibagger. Seguramente nos sentiremos exitosos si alguna vez lo logramos. Sería una gran anécdota para contarle a nuestros nietos.

Sin embargo, esta búsqueda se encuentra plagada de riesgos. Las pérdidas pueden impedirnos llegar a la meta. Conducir a 250 km/h puede llevarnos a un destino muy rápidamente, batiendo un record de tiempo. También puede matarnos.

Si lo que deseamos es construir un camino de rentabilidades sostenidas en el largo plazo, probablemente nos interese ceñirnos a un estilo de inversión más defensivo. Llegar lenta y pacientemente a destino es un camino bastante seguro hacia el cumplimiento de objetivos financieros razonables.


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