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Sesgo de NO invertir en el propio país

En el mundillo inversor circulan innumerables advertencias para novatos y no tanto. Muchas de estas tienen que ver con el comportamiento. Ríos de tinta intentan concientizarnos sobre los sesgos emocionales y cognitivos, repitiendo hasta el cansancio las teorías de Daniel Kahneman y sus secuaces.

Uno de ellos es el sesgo de afinidad o familiaridad, que se presenta cuando basamos nuestras decisiones sobre la selección o no de un activo en la medida en que este refleje fielmente nuestros valores. De esta manera, preferimos aquellos que nos resultan más familiares o conocidos. Un clásico ejemplo de ello es una cartera con excesiva tendencia hacia los activos nacionales.

Limitar nuestro espacio de actuación al país donde nacimos, crecimos y/o vivimos es una manera de circunscribirnos a aquello que mejor conocemos gracias a su cercanía: productos que consumimos en casa o cuya publicidad vemos en televisión, territorios que hemos transitado, fábricas donde trabaja un familiar o amigo, etc. Se trata de negocios que sentimos más próximos que aquellos foráneos de los que solo sabemos lo que alcanzamos a visualizar o imaginar a través de internet, de las noticias, de lo que nos cuentan o de lo poco que experimentamos si viajamos al extranjero. Preferimos anclarnos a nuestro círculo de competencia, que se convierte en nuestro círculo de confort.

Por el mundo

Traspasar las fronteras a la hora de invertir implica ampliar de cierta manera el círculo de competencia. Comprender otras idiosincrasias, estudiar productos o servicios completamente desconocidos para nosotros como consumidores y superar barreras idiomáticas son solo algunos de los desafíos que asumen los inversores más aventureros.

Poco a poco aprenden y se familiarizan con nuevos entornos, reglas y maneras de hacer negocios. Abren los ojos a un mundo enorme y repleto de oportunidades. Se animan a más y se sienten cada vez más seguros comprando compañías impronunciables con modelos de negocios de lo más variopintos: desde bancos georgianos hasta mineras en Burkina Faso. Esto es especialmente cierto para los más jóvenes.

Las herramientas ya están al alcance de cualquiera. Con cuatro clicks es posible acceder a presentaciones corporativas, análisis e información de primera mano de cualquier empresa cotizada en el rincón más alejado del planeta. Internet ha roto muchas barreras. Los brokers dan acceso a prácticamente todos los mercados y a cada vez menores costes, aunque lamentablemente la regulación y la fiscalidad todavía están unos cuantos pasos por detrás.

Los analistas de negocios más experimentados (y los trotamundos por naturaleza) adquieren la capacidad de ver el bosque detrás del árbol. No se autolimitan a su propia patria. Van más allá. Se convierten en inversores globales.

Los enemigos del inversor

El siglo XXI ha amanecido con una gran diversidad de escenarios para el inversor. Digamos que hay países más amistosos y otros menos amigables. Por supuesto, esto es dinámico y la política gubernamental de turno ofrece frecuentes y radicales giros. Pero asumamos que algunos sitios ofrecen más riesgos que otros: impuestos de diversa índole (renta, patrimonio, sucesión, etc.), fluctuaciones monetarias, cambios demasiado frecuentes de reglas, entre otras peripecias.

El mundo subdesarrollado y la cultura latina destacan por el cortoplacismo, vivir “el día a día” o “apagando incendios” y la especulación permanente. El largo plazo es pasado mañana. Esta idiosincrasia atenta contra las expectativas de un inversor con un amplio horizonte temporal. Lo expulsan. Y el dinero, lógicamente, va hacia donde es mejor recibido y tratado.

El inversor global, adecuadamente preparado, no desea “jugar” sus ahorros, el fruto de su esfuerzo y del sudor de su familia, en sitios peligrosos. Esto es verdad aun cuando ese lugar es su propio país, aquel que mejor conoce y donde reside. Desconfiará y, por lo tanto, buscará en el exterior una mayor seguridad jurídica, estabilidad económica y oportunidades para preservar el capital y obtener rentabilidades sostenidas.

Hipermetropía

Este perfil de inversor incurre en el riesgo de contraer un sesgo opuesto al de invertir en el propio país: el de no hacerlo. Es tal su falta de confianza que se ciega ante todo activo que lleve su misma nacionalidad.

A veces influyen las emociones negativas producidas por decepciones pasadas. También los relatos de experiencias ajenas o noticias oscuras que acuden a la mente como una bandera roja de advertencia. Llevamos nuestra historia en las venas.

Esta falencia afecta principalmente a personas que tienden a comparar todo lo ajeno con lo propio. Para ellos, «lo de afuera» siempre es y será mejor. Son pesimistas con «lo de acá» y optimistas con «lo de allá». Ven la decadencia en casa y el progreso lejos.

Tal es así que quedan incapacitados para aprovechar las propuestas que desfilan delante de sus ojos. Las ignoran completamente. Pasan de la miopía (dificultad para ver de lejos) a la hipermetropía (dificultad para ver de cerca).

Excluyen de su radar a todo lo que sucede a su alrededor y únicamente focalizan en lo que pasa afuera. Así, dejan escapar enormes oportunidades que se encuentran dentro de su círculo de competencia.

Yo, el antipatriótico

Admito que miro de reojo a las empresas nacionales. Prejuzgo sus falencias y riesgos. Intuyo rápidamente sus defectos mientras desconfío de sus virtudes. Estoy preso de este sesgo. La mejor evidencia es que me ha costado algunos errores de omisión. El mayor de todos es MercadoLibre, a pesar que llevo casi dos décadas como usuario del sitio y fui testigo directo de su gran expansión.

Sigo casi sin invertir en Argentina. Razones no me faltan. Por ahora elijo no quitarme la venda de los ojos. Y no puedo evitar reírme y regalar un “me gusta” ante comentarios como este:

De los toros a los osos

También noto que este sesgo no es exclusivo de mi persona, ni de algunos compatriotas. Existe en nacionales de diversos rincones del mundo. Una de ellas en España, mi segunda casa, donde cada vez más la comunidad inversora menosprecia a sus compañías, incluyendo a todas en un mismo saco al que le dan la espalda.

Son frecuentes los comentarios de inversores que descartan de cuajo al IBEX entero, sin salvar ni a la gran Inditex. Lo mismo ocurre con cualquier promesa del mercado continuo, por considerarlo un espacio plagado de chicharros sin futuro.

Impera una ola de pesimismo inversor que comienza en las instituciones y en las autoridades de turno, atraviesa a la sociedad en su conjunto y culmina en las compañías cotizadas. No me atrevo ni soy capaz de juzgar si está justificada o no la negatividad que percibo. Lo cierto es que sobrevuela un mensaje cada vez más masivo de trasladar los ahorros hacia otras latitudes más amigables.

Claramente el continuo mal desempeño de los mayores exponentes bursátiles no ayuda a refrescar la imagen sombría de las corporaciones españolas. Menos aún cuando del otro lado del charco el NASDAQ sube como la espuma.

A veces, las voces cercanas nos transmiten un pesimismo infundado sobre las perspectivas empresariales. Un ejemplo de ello es el comentario de Paco Lodeiro en uno de los episodios de ValueInvestingFM, donde reconocía que uno de sus mayores errores de omisión fue no haber invertido en Inditex, encontrándose tan cerca de su sede corporativa gallega, al dejarse llevar por el comentario de un trabajador de la fábrica, que no auguraba un buen futuro a su empleador.

Enciclopedia de sesgos

El sesgo de NO invertir en el propio país es una idea propia. Considero que debería sumarse a la larga lista de falencias cognitivas y emocionales que pueden afectar al inversor.

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Nota:

Este artículo no incluye recomendaciones de inversión. El autor es accionista de Inditex. Además, posee una muy pequeña participación en Bioceres, compañía argentina ($BIOX en NYSE), dentro de la cartera de semillas.

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