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Muerte, impuestos, comisiones e interés compuesto

Uno de los primeros conceptos que incorporamos al alfabetizarnos financieramente es el interés compuesto. Tan asombroso como anti-intuitivo, frecuentemente requiere un par de ejemplos para ser comprendido y procesado por la mente humana (el tablero de ajedrez y los granos de trigo, la escena de Futurama). Para darle mayor autoridad, cualquier lección suele venir acompañada con alguna de las célebres frases de Albert Einstein:

“Es la fuerza más poderosa del universo”

“Es el mayor descubrimiento matemático de todos los tiempos”

“Es la octava maravilla del mundo”

“Quienes lo entienden, lo ganan. Quienes no lo entienden, lo pagan”

Quienes lo pagan

Se dice y se repite que debemos empezar a ahorrar e invertir desde jóvenes para que el interés compuesto nos beneficie con sus poderes en el largo plazo. No lo negaremos. No obstante, hay una cara del interés compuesto que solemos pasar por alto y es aquel que pagamos, incluso cuando comprendemos perfectamente el concepto.

El primer ejemplo que se nos viene a la mente cuando hablamos de pagar intereses compuestos es aquel que recae sobre deudas que financiamos. Es el más obvio. Los ahorradores/inversores ven este flagelo en la vida de terceros, cuyas finanzas ajustadas los empujan a caer en espirales de pobreza.

Mientras miramos hacia los costados, a menudo no advertimos que nuestras propias cuentas personales pueden verse perjudicadas por la magia compuesta, camuflada bajo ciertos gastos recurrentes que naturalizamos.

Impuestos compuestos en los dividendos

Hemos hablado sobre el estilo de inversión en empresas que retribuyen a sus accionistas con dividendos. Sin embargo, no profundizamos lo suficiente en el aspecto fiscal de esta estrategia, más allá de las dobles retenciones en acciones extranjeras.

Reinvertir sistemáticamente los dividendos percibidos genera composición de impuestos y, por lo tanto, sacrifica rentabilidad.

La receta suele funcionar así: cobramos un dividendo, pasamos por Hacienda y nos quedamos con el 81% (la tasa puede variar), lo reinvertimos, obtenemos un nuevo dividendo, volvemos a pagar impuestos (sobre el mismo capital que ya habíamos pagado en el período anterior), repetimos el ciclo indefinidamente. De esta manera, le estamos dando al fisco la posibilidad de morder una y otra vez el mismo billete.

Una tasa impositiva del 19%, al cabo de 20 períodos puede convertirse en un 30% sobre el primer dividendo:

Elaboración propia

A largo plazo, una estrategia de reinversión de dividendos puede lastrar más de la mitad del beneficio que se obtendría con una estrategia de similar rentabilidad, pero sin distribución al accionista.

Quienes realizan aportaciones con el objetivo de incrementar su patrimonio a largo plazo deben saber que la estrategia de inversión por dividendos no será la más eficiente desde el punto de vista fiscal.

En cambio, quienes ya están de regreso en la vida financiera y utilizan las rentabilidades para cubrir gastos personales, la vía de los dividendos no debería provocarles perjuicios fiscales, ya que las ganancias obtenidas quedarán expuestas por única vez ante las arcas del Estado, antes de convertirse en consumos.

En ciertas ocasiones, el perjuicio fiscal puede no ser un motivo suficiente para deshacerse de empresas extraordinarias que, lamentablemente, pagan dividendos. Incluso se agradece una retribución al accionista antes que la quema de efectivo en pésimas inversiones, que resulta peor que cualquier impuesto compuesto.

Comisiones compuestas en los fondos de inversión

Un efecto similar al impositivo ocurre con las comisiones de gestión que perciben los fondos de inversión de manera recurrente sobre el mismo capital aportado.

Afrontar un 2% de honorarios suena sensato cuando se esperan obtener rentabilidades de doble dígito a través de un especialista en lugar de ocuparnos nosotros mismos. Además, resulta fácil de asimilar cuando no vemos la comisión en ningún lado, ya que solo nos muestran los valores liquidativos netos. Ojos que no ven…

Suponiendo que las expectativas se cumplen y se logran rentabilidades medias de 10% durante dos décadas, veamos que sucede con ese razonable 2% sobre la inversión inicial:

Elaboración propia

20 años después, el 91,5% del capital invertido se ha esfumado en comisiones. Nos queda prácticamente la ganancia acumulada y poco más.

Alguien podrá restarle importancia, focalizándose en que la inversión inicial se ha multiplicado por 4,66. Aun así, gracias a la magia del interés compuesto, las comisiones pagadas representan casi el 20% del patrimonio acumulado.

Este es el resultado en un caso exitoso, y son muy pocos los fondos activos que alcanzan sostenidamente el doble dígito de rentabilidad. En un altamente probable fracaso o éxito moderado, el peso de las comisiones se engrosará aún más.

No olvidemos que el riesgo queda exclusivamente del lado del inversor. El gestor cobrará la misma tarifa porcentual por su gestión, sea cual sea el resultado.

Nótese la diferencia a largo plazo cuando la comisión se reduce al 0,2%, como en el caso de ciertos fondos indexados:

Elaboración propia

El 91,5% de comisiones acumuladas se reduce a un 11,2%. Pero lo más importante es que el patrimonio crece un 39% adicional, multiplicando por 6,5. Esto se logra gracias a que ese ahorro de comisiones es reinvertido una y otra vez, poniendo al interés compuesto a jugar para nuestro equipo.

Mientras tanto, el selector de acciones con una estrategia Buy & Hold, operando con un bróker de bajo coste, solamente abona una módica comisión al comprar y otra al vender. Así, evita incurrir en gastos compuestos mientras sea accionista.

Despedida

Las comisiones y los impuestos acompañan a todo inversor a lo largo de su vida, lastrando rentabilidades. Hemos presentado tan solo dos ejemplos, pero existen otros gastos con capacidad de componerse, multiplicando el daño patrimonial. Comprenderlo es el primer paso para actuar, reorientando estrategias en caso de que sea necesario, antes de que la magia surta su efecto.

Aunque no lo veamos, el interés compuesto está en todas partes. Esto es tan seguro como las comisiones, los impuestos y la muerte. Ganarlo o pagarlo es uno de los principales determinantes de nuestra salud financiera a largo plazo.

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