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Crónica de una burbuja anunciada: el elemento psicológico

Las burbujas siempre son racionales. Al menos, nacen con una justificación perfectamente racional. Ese es el primer ingrediente: el convencimiento colectivo sobre una idea correctamente argumentada. Lentamente se disipan las dudas de los más incrédulos. El éxito de un nuevo modelo de negocio se impone y es real.

Los disparadores van desde disrupciones tecnológicas hasta comportamientos del consumidor o transiciones generacionales. Se trata de cambios de paradigmas que llegan para quedarse.

Una noche inolvidable

Poco a poco, la fiesta, que originalmente era exclusiva para unos pocos visionarios que supieron acumular sus fortunas asumiendo grandes riesgos, se va llenando de invitados.
En primer lugar, aquellos que llegan con el diario del lunes debajo del brazo, siguiendo los pasos de los pioneros, en busca de los ganadores del ayer. Poco a poco, se van enterando quienes estaban en otras celebraciones y no pudieron resistir la tentación de trasladarse a la novedosa fiesta. Finalmente, se suman los que pasaban por ahí, vieron las luces encendidas y entraron.
Junto con los nuevos invitados, aparecen los oportunistas: aspirantes a nuevos animadores. Algunos aportan más innovación y calidad, otros solo ofrecen puro humo. Con cuatro copas encima, la euforia colectiva eleva las cotizaciones hasta el cielo. O hasta que la música deja de sonar.

Factores en el lado de la demanda

Las burbujas no se forman intencionalmente sino a través del comportamiento inconsciente y sesgado por parte de los inversores:

1- Valoraciones

Los negadores de burbujas argumentan que invierten en empresas extraordinarias: líderes, altamente rentables, con amplias ventajas competitivas y gran potencial de crecimiento. Y es verdad. Los más osados arriesgan que el precio no importa. Para ellos, la calidad, que es real, lo justifica todo, pues estas compañías se comerán el mundo. Los más conservadores (o realistas) se autojustifican (o autoengañan) mediante ficción en un Excel: crecimiento hasta el infinito y más allá, sin baches ni tropezones, como si el viento siempre soplara en la misma dirección. Buscando argumentos que justifiquen los precios, la mente nos empieza a jugar malas pasadas. Se potencian los sesgos de confirmación y de optimismo.

2- Presión

Hasta los gestores profesionales se ven forzados ante el apremio del público para flexibilizar sus convicciones. Las pérdidas provocan huidas de partícipes, indignados por las rentabilidades perdidas. Solo resta apelar a la nostalgia de los buenos tiempos, recordando lo felices que éramos cuando batíamos a los índices y toreábamos las recesiones. No faltan los arrepentidos y quienes, sin demasiada espalda, ceden ante la tendencia y se suman al frenesí a última hora.

No puedes creer la presión por la que pasó, año tras año, como el mundo parecía estar cosechando enormes ganancias mientras él, correctamente, evitaba la burbuja puntocom por completo, manteniéndose fiel a los fundamentos” (Charlie Munger, sobre Lou Simpson)

3- Nueva demanda

Mientras tanto, aparece un nuevo público inversor, atraído por los titulares de prensa sobre rentabilidades de tres dígitos. Pero claro, filtrando únicamente aquellos fondos con mayor rentabilidad reciente. Nadie apuesta por los gestores pasados de moda, que parece que han perdido su toque. El dinero fluye hacia una única dirección.

4- Referencias

La fama no tarda en recaer sobre los rápidos ganadores. Aquellos que (dicen que) invierten todo en una cartera hiper concentrada (y arriesgada), secundandos por una legión de aplaudidores y fervientes admiradores ansiosos por la siguiente movida del líder. “A los abuelos ya deberíamos jubilarlos”.

5- Traders

La ola es completada por una legión creciente de individuos desprevenidos que llegan desde el hipódromo para sumarse a la vorágine en su punto más álgido. No valoran. No hace falta, ya que “todo lo que sube, tiene que seguir subiendo”. Pura inercia. Algunos pueden buscar la justificación en la calidad. Otros ni siquiera eso. Para este colectivo, el componente emocional primordial se llama adrenalina. No se trata de sesgos cognitivos porque la racionalidad se ausenta.

6- Inversores individuales

La realidad parece demostrar que toda la teoría aprendida en esos viejos libros de finanzas ha quedado obsoleta. Seguimos a inversores que demuestran sus estupendos y estruendosos retornos, incluso hasta se burlan de las empresas que no paran de caer. No hay razones para ser el tonto de la clase que va contra la corriente y que se queda afuera de la fiesta. El lado más duro de la derrota es cuando esta llega irónicamente acompañada de soledad. La emoción es más fácil de sobrellevar cuando el error es colectivo. Nos reconforta saber que nadie la vio venir, entonces podríamos llorar abrazados.

7- Buyandholders

Una buena porción de quienes compraron calidad con el objetivo de conservarla, siendo fieles a sus principios inversores, se quedan con sus compañías, aunque consideren que están sobrevaloradas. La escuela de Philip Fisher hizo mecha en una amplia cantera de aprendices, incluyendo a Warren Buffett. Quizás no contribuyan a la agitación colectiva a través de más compras, pero aportan su granito de arena al negarse a formar parte del lado oferente.

Factores en el lado de la oferta

Bajo el lema “arrojas una semilla al suelo y crece un árbol”, el terreno luce fértil para que proliferen todo tipo de compañías a la cola de las líderes del momento, a saber:

1- Innovadoras

No todas las victorias quedan en manos de un puñado de empresas. El éxito puede estar al alcance de la mano de cualquier startup. Las inversiones fluyen a través de la economía hacia casi cualquier indicio de florecimiento. El mercado percibe el aroma a expansión y el dinero corre a caudales hacia las historias prometedoras.

2- Imitadoras

Los modelos de negocios incipientes atraen rápidamente a competidores que intentan replicar sus progresos. La financiación alcanza para todos. El mercado, ya veremos. Mientras tanto, el apetito de los inversores no reconoce ideas originales bien ejecutadas de copias baratas.

3- Oportunistas

Las banderas rojas empiezan a flamear cuando incesantemente se multiplican todo tipo de nuevos negocios, solventes o no tanto (¿a quién le importa?), que no paran de quemar el dinero de sus inversores, a veces sin dar ni siquiera una miserable promesa a cambio. Al salir a cotizar en la bolsa, solo conocen el norte, al menos hasta que cambien los vientos.

Precio es lo que pagas y valor es lo que recibes. Siempre.

Descargo de responsabilidad

Este artículo no se refiere a la actualidad, al menos no necesariamente. Las conclusiones quedan a cuenta del lector.


Artículo publicado originalmente en masdividendos

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