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Motivos para vender una acción

La venta de una acción puede obedecer a razones personales, como el afrontamiento de un gasto. También puede justificarse por razones más estratégicas, como una reasignación de activos (comprar oro, renta fija, propiedades, etc.). Pero dejando de lado estos motivos, vamos a analizar los fundamentos financieros que nos pueden llevar a tomar la decisión.

¿Por qué venderíamos la casa de nuestros sueños, que compramos hace un año y donde nos mudamos recientemente?

Presumiblemente porque nos equivocamos al comprarla ya que en realidad nos damos cuenta de que preferiríamos vivir en otro sitio o que la casa no es lo que esperábamos (se encuentra en una calle muy ruidosa, no soportamos a los vecinos, está embrujada…). O tal vez porque durante este año algo importante alteró los motivos por las cuales la elegimos (cambiamos de trabajo, cambiamos de composición familiar, surgió algún imprevisto con la casa o en el barrio…). Otra razón puede ser que nos encontremos con otra casa mejor por el mismo precio.

Pues bien, cuando decidimos vender una acción, los motivos deberían ser más o menos lo mismos:

1- Admitir un error

Errar es humano. Admitir nuestros errores es desagradable. Asumir que nuestros errores nos condujeron a una pérdida de capital irreversible es doloroso. Significa aceptar la derrota, anotar un gol en nuestra contra.

Un riesgo frecuente en los inversores es conservar esas acciones hasta que, con un poco de suerte y viento a favor, algún día no muy lejano alcancen o, mejor aún, superen el valor de compra y recién entonces venderlas. Queremos ganar, o por lo menos empatar, anotarnos una acción más en nuestra lista de ganadoras y una menos en nuestra lista de perdedoras. Eso nos aportaría una satisfacción y nos evitaría un dolor.

El problema es que mientras esperamos la ansiada revalorización hay otros negocios (quizás ya los tenemos en cartera o en la lista de la compra) que prosperan y cuya cotización va subiendo mientras nosotros nos quedamos mirando con cara de tontos, aferrados a la espera de que nuestras perdedoras se recuperen y pasen al bando de las ganadoras.

Por otra parte, dicha espera puede y suele ser un arma de doble filo. Aguardar ese empate milagroso muy probablemente nos lleve a mayores pérdidas, incluso a sufrir una goleada de antología, a generar uno de esos muertos que querremos esconder en el placard quizás hasta la próxima declaración de la renta, cuando nos sirva para compensar plusvalías.

La buena noticia es que siempre nos puede ir peor, como quiénes caen en la “falacia de los costes irrecuperables”, es decir comprando más acciones de aquellas perdedoras para promediar a la baja, con el objetivo de disminuir la expectativa de recuperación y revalorización para convertir esa pérdida en ganancia más rápidamente.

Y es que vender a un valor menor al que compramos atenta contra nuestra aversión a las pérdidas. Nos obliga a resignar la esperanza y asumir el dolor.

Debemos pensarlo de otro modo: “venderemos la empresa A para comprar la empresa B, sobre la que tenemos una mayor convicción y sabemos que tiene más posibilidades de prosperar y revalorizarse”. Por eso, no debería importarnos el precio original de compra de A. Ese valor no debería ser relevante para tomar la decisión.

Nuestro objetivo debe ser obtener ganancias que multipliquen nuestro capital a lo largo de los años. Si lo dimensionamos de esta manera, resulta insignificante la diferencia entre una pérdida de 25% y una ganancia de 5%.

Pero también entra en juego el miedo al arrepentimiento. Es más difícil asumir que nos equivocamos al vender una acción perdedora para comprar una posible ganadora y que luego resulte que quedarnos con la perdedora hubiese sido una mejor decisión, antes que elegir quedarnos con la perdedora y que luego resulte que hubiese sido una mejor decisión cambiarla por la ganadora. Está comprobado que el arrepentimiento es más fuerte en el primer caso que en el segundo, aunque la pérdida sea la misma.

En la jerga financiera, asumir el error también puede denominarse “cambiar de opinión”. Tiene más glamour y es más vendible para el administrador de un fondo, quién sonará más flexible que equivocado. También puede ser un alivio para nuestro orgullo herido. Alternativamente, para inversionistas amateurs, tampoco estaría mal denominarlo “evolución en el método de inversión”. Todas las opciones son válidas.

El lado positivo es que en los errores se encuentra una de las mayores fuentes de aprendizaje. Por eso, no debemos vender y pasar de página rápidamente, sino repasar atenta y detalladamente nuestras equivocaciones, para que la próxima vez sea menos probable que tropecemos con la misma piedra.

2- Cambios en la tesis de inversión

El mundo es dinámico y las empresas también. Cada vez más la tecnología revoluciona industrias enteras. Los fosos defensivos se erosionan y los márgenes disminuyen.

Las perspectivas de crecimiento que preveíamos hace un año pueden ser muy distintas hoy, para bien o para mal. En algún momento se desaceleran y luego se agotan, siempre. Los árboles no crecen hasta el cielo.

Vigilar es la cuestión. Estar atentos a la evolución de nuestras empresas: cambios en el mercado (competencia, clientes), disrupciones tecnológicas, desempeño de la dirección, impactos regulatorios…

Identificar tempranamente estos deterioros nos permitirá reaccionar rápido y evitar pérdidas significativas que muy probablemente se produzcan cuando sea notorio para el mercado. La búsqueda de banderas rojas y amarillas, mediante una checklist, puede ser una herramienta útil para anticiparnos.

Es clave que el número de compañías que forman parte de nuestra cartera nos resulte manejable. Diversificar o concentrar es un dilema determinante para el inversor particular. El consejo aquí es limitarse al número de acciones que podamos controlar: conocerlas a fondo, seguirlas, entender los cambios claves del negocio y del mercado. Solo así obtendremos la convicción necesaria para poder determinar si es o no hora de vender.

Filtrar el ruido es una habilidad que nos ahorrará muchos recursos (tiempo, esfuerzo). Evitemos a los analistas de Wall Street y seamos muy selectivos con el consumo de noticias sobre política y macroeconomía. No son más que distracciones de parte de personas cuyo interés propio es opuesto al nuestro. Su facturación depende de que nosotros los escuchemos y leamos sus artículos, o de que realicemos más compras y ventas de acciones. Así justificarán sus ingresos por publicidad y comisiones y, en consecuencia, su existencia.

La información imprescindible para los inversores es la que surge de los informes anuales de las empresas. Los reportes trimestrales son de especial ayuda en las que están más expuestas a las vicisitudes del mercado, tales como las compañías de crecimiento o aquellas pertenecientes a sectores muy expuestos a los cambios tecnológicos o a los ciclos económicos. Complementariamente, siempre podremos encontrar análisis valiosos de otras fuentes: selectos blogs, foros y sitios especializados.

3- Encontrar una idea mejor

A medida que vamos conociendo más industrias y empresas, además de afinar nuestro estilo inversor, obtendremos una mayor perspectiva y probablemente actualicemos nuestra cartera con cierta frecuencia, reemplazando algunas acciones iniciales por otras nuevas conocidas en las que depositemos una mayor convicción.

Siempre habrá nuevos sectores por conocer. Ampliar nuestro círculo de competencia puede ser muy beneficioso al largo plazo.

Con el tiempo, nuestra cartera se irá afianzando. Deberíamos realizar cada vez menos ventas por error o por cambios en la tesis de inversión.

Excepcionalmente, siendo ya inversores maduros, podemos encontrar alguna joya escondida que no conocíamos. Eventualmente, el mercado puede regalarnos la oportunidad de incorporar alguno de esos negocios extraordinarios que parecen nunca estar a buen precio compensando nuestra paciencia de pescadores.

Estas inesperadas ocasiones pueden ser ideales para darle un retoque a nuestra lista: sacrificar un peón a cambio de un caballo, sumar calidad. A nadie le amarga un dulce.

En la próxima entrada, hablaremos sobre los motivos frecuentes al vender acciones.


Fuentes:

Acciones ordinarias y beneficios extraordinarios, Philip Fisher, 1958

Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman, 2011

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